domingo, 13 de diciembre de 2009

The ultimate victorian freak

Is true that my form is something odd,

But blaming me is blaming God;
Could I create myself anew
would not fail pleasing you.

If I could reach from pole to pole
Or grasp the ocean with a span,
I would be measured by the soul

The mind´s the standard of the man
Joseph Merrick

lunes, 30 de noviembre de 2009

Ausencia y presencia

Ayer reflexionaba con un queridísimo amigo sobre el significado de "extrañar". Y me surgió la pregunta: si no extrañáramos a nadie, ¿seríamos más libres? A simple vista, la respuesta es "sí". Claro. Cómo no. ¿Quién no quisiera mudarse de ciudad, de país, de continente, sin sentir la ausencia de lo dejado atrás? Podríamos ir por el mundo sin peso, livianos como plumas. Podríamos dejar a nuestros seres amados sin sentirlo y dedicarnos a explorar el mundo sin ataduras. Pero, al mismo tiempo, ¿podría existir el amor sin su contrapartida: el sentimiento de pérdida? ¿Qué clase de amor sería el que no añore al amado?

Mi amigo, que es un ser mucho más atado a la realidad que yo, me decía: "No sé lo que sea el amor". Yo le respondí: "Es querer el bien del otro. Incondicionalmente". Y él arguyó que eso era la visión cristiana del amor. Aquí entraron en juego algunos conceptos psicoanalíticos y poco victorianos que él podría explicar tanto mejor que esta servidora si quisiera asomarse a estas páginas.

Pero luego, me he quedado reflexionando: ¿Qué ocurre con el amor a los lugares? No se puede querer el bien de un lugar. Entonces, ¿eso se llamaría amor? Alguien podrá decir que no existe tal amor, sino que se trata de una simple afición. Y sin embargo, hace poco he leído unas líneas, en una carta escrita para mí por un amigo que hace tiempo viaja por Asia, ese vasto continente. Así dice este bienamado señor:

A India voy a un enésimo viaje; como todos los viajes, más para entender que para ver. Para intentar encontrale un camino a esta vida tan bonita. Nunca he pensado tanto en la muerte como en estos años de viajes, qué triste será tener que dejar a toda esta belleza.

La muerte, ah, la muerte. ¿Añoraremos la vida cuando estemos muertos? ¿Y será porque la hemos amado?

domingo, 22 de noviembre de 2009

La vida virtual

Queridos amigos:

Para comenzar, ¡cuánto os he extrañado! Han sido largos días en que no he tenido mucha paz espiritual. Escribo en la creencia de que tal vez - tal vez - puedan perdonar mi ausencia y vuelvan a estos Tiempos Victorianos.

La causa no está perimida. Yo diría: está cada vez más viva. En estos días en que los he desatendido, no han dejado de ocurrirme cosas que me han llevado a pensar en la necesidad de mantener la mente despierta y el corazón atento a no dejarnos engañar por la falacia de la época.

Sobre todo, he cometido un pecado venial que a la postre ha resultado sencillamente desesperante: he incursionado, por un breve lapso de tiempo, en el mundo del twitter. Amigos, ¡qué gran desilusión! Pues quien me llevó a ello fue un encantador amante muy aficionado - diría que por demás - a este espinoso asunto de las redes sociales. De pronto, me he visto en la necesidad de enfrentar, sin haberlo querido, pequeñeces de su vida privada que nunca - por Dios, ¡nunca! - hubiera querido saber.

He aquí una máxima que parece ser común a estos espacios que se han dado en llamar "virtuales": "Preguntar por la vida de las personas a las personas mismas es una indecencia. Intenta averiguar por tí mismo lo que piensan y hacen. ¡Úsanos!". Pues, queridos, parece que hay un acuerdo tácito no ya en no preguntar más de lo que el sentido común indicaría, sino en no preguntar nada, no saber y, por sobre todas las cosas, no hacerlo manifiesto en las conversaciones. Claro que no hay nada más mentiroso que esta, llamémosle interesante forma de vida, y para satisfacer la natural curiosidad humana se han creado las redes sociales. Me temo que lo que de este lado de los mares nos enorgullecía, la capacidad para hacer manifiestos nuestros sentimientos de un modo decoroso, se está perdiendo. Si queremos saber si la anterior amante o novia de nuestro enamorado era tonta o por el contrario inteligente no se lo preguntamos a él - ¡no señor! - sino que buscamos su nombre en la web. El nombre nos conducirá indefectiblemente a su perfil en alguna red social, y sus comentarios y gustos nos darán la pauta de su coeficiente intelectual.

Amigos, ¡cuánta tristeza!. Pronto, luego de una conversación trivial con nuestro marido o nuestro amante, nos encerraremos en nuestras habitaciones para intentar averiguar, en vano y con la red virtual como aliada, qué nos quisieron decir realmente. Volvamos a las habitaciones victorianas.

domingo, 14 de junio de 2009

La literatura y las drogas

Algunas encantadoras amistades me reclaman el abandono que he inflingido en las últimas semanas a estos Tiempos Victorianos. Es verdad. Por eso me he decidido hoy a escribir una líneas, luego de algunos vaporosos sueños que he tenido (de los cuales, no se hagan ilusiones, queridos lectores, no recuerdo nada). Sin embargo, me he levantado pensando en un libro que leí hace años: las "Memorias de un comedor de opio", de Thomas de Quincey. Se ha hablado tanto y tan bien de este buen señor que creo que mi opinión, frente a tantas y tan elevadas como aquellas que han salido de la pluma, por ejemplo, de Baudelaire, no tiene importancia alguna. Hablemos, si no les importa, de esa droga llamada opio y que hizo estragos en toda una generación.

Recordemos primero que el opio era una droga de uso legal, consumida por una gran cantidad de personas, entre ellas algunos ilustres conocidos como Charles Dickens y Wilkie Collins. ¿Cómo llegaron todos ellos a convertirse en opiómanos? Muy fácil. Dickens tenía una enfermedad reumática, Wilkie Collins, artritis; de Quincey se hizo opiómano intentando paliar los dolores que le provocaba una terrible neuralgia. Se ha hablado mucho de "literaura drogada". Pero, ¿acaso hemos hablado alguna vez de "literatura enferma"?

Voy a saltarme unas cuantas generaciones para citar (de memoria) a un magnífico cuentista: John Cheever, en un magnífico cuento: "La geometría del amor": "Entonces comprendió que no existía el amor capaz de vencer la capacidad separadora del dolor. La distancia que separa a los sanos de los enfermos". Señores, he pensado en esta frase de una manera absolutamente obsesiva. ¿Qué ocurre cuando el proceso de la enfermedad se convierte en estado? ¿Se genera entonces una división taxativa, irreconciliable entre el enfermo y el mundo? Y he pensado en la cantidad de escritores enfermos que ha dado la literatura. Cuántos de ellos no tenían algún padecimiento físico más o menos grave, que a veces se transformaba en un impedimento. Desde el asma a la parálisis, desde la gota a la sífilis.

Hablar, en estos Tiempos Victorianos, de literatura y drogas, tal vez signifique hablar de literatura y enfermedad. Dejo el opio para una futura entrada.

martes, 5 de mayo de 2009

Conversaciones nocturnas


Cinismo

Pensando hoy - mientras conversaba de tantas cosas con mi querida Lulamae - en las palabras ironía y cinismo, tantas veces equiparadas, me he puesto a reflexionar en más profundidad sobre estos términos.
He recurrido al diccionario de la Real Academia Española. En la primera acepción de la palabra cinismo dice: "Desvergüenza en el mentir o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables". Primera conclusión: ironía no es igual a cinismo. La ironía, ese desfase entre lo que se dice y lo que se entiende, poco tiene que ver, a ojos vista, con esta manera tan poco edificante de proceder. Sin embargo, más abajo, en la tercera acepción, puede leerse: "Doctrina de los cínicos".
¿Y quiénes eran los cínicos? La escuela cínica fue fundada en el siglo IV a. C. La doctrina que propagaban no puede ser más adecuada a nuestros Tiempos Victorianos. Porque, queridos amigos, los que los cínicos denunciaban era la corrupción de sus tiempos. Puesto que la civilización estaba viciada, lo que el hombre podía hacer era vivir con modestia, despreciar las riquezas y llevar una vida simple y acorde con la naturaleza.
Claro es que nuestra Victoria imponía una serie de constricciones a sus súbditos, cosa del todo incompatible con la liberalidad de los cínicos, pero nosotros, que ante la depravación de las costumbres actuales, hemos preferido volver a ser victorianos, ¿no nos emparentamos acaso con la escuela de Antístenes?

Y bien, tenemos por delante una tarea dificilísima. La tarea de vivir logrando que esto que hacemos cobre algún sentido. No buscamos elevaciones, pero sí un poco de nobleza. No buscamos frivolidad, pero a quién no le alegra enfundarse en un traje de buen corte, y tomar un vino exquisito, y atizar el fuego en la chimenea, en una compañía tan agradable como las de mis adorables P., M. o Lulamae. Queridos amigos, en momentos así, y a pesar de aquellas personas que puedan llegar a tildarme de cínica, en el más moderno sentido del término, puedo decir que la vida no me disgusta del todo.